Entradas

Cantos de sirena

Recientemente circuló por las redes sociales una infografía que desglosaba algunos de los principales componentes del gasto militar. El público lo tomó con indignación, como era previsible, al suponer que el gasto militar representa un costo de oportunidad inaceptable: un peso que va a financiar la defensa nacional es un peso menos a la salud, la educación o la atención a los más pobres. Es decir, la mejor opción que deja de tomarse por financiar el funcionamiento de la flota de aviones, helicópteros o dotar apropiadamente a los soldados es atender a un enfermo de gravedad en un hospital. De alguna manera es cierto, pero a priori, al contextualizar el caso colombiano, podríamos ver que no lo es tanto . Hace un par de años, en una exposición que realicé a estudiantes del curso de Política Fiscal de la Universidad del Valle, señalé que el Gasto en Defensa y Seguridad en Colombia es alto, ocupa una importante fracción del presupuesto nacional y ese aumento ha tenido de alguna forma ...

Competitivos, no tanto.

Recientemente se publicó el Reporte Mundial de Competitividad, un informe que es bien tenido en cuenta por su rigor y por dejar de manifiesto las debilidades y fortalezas que hacen a ciertos países más productivos que otros. La competitividad es un término que se usó tanto que se descubrió que finalmente podía ser un sofismo, como lo advertía Krugman, ¿ser competitivos para qué?, ¿los países realmente compiten? ¿o las que compiten son las corporaciones, los individuos?, pues he ahí que la definición de competitividad propuesta por el World Economic Forum debería dejarnos satisfechos: la competitividad es un conjunto de instituciones, políticas y factores que determinan la productividad de un país. Y, como seguramente sabemos o intuitivamente concluimos, la productividad está definida por la cantidad de producción de una unidad de producto o servicio por insumo de cada factor utilizado por unidad de tiempo. Bueno, sí, seguramente uno no lo intuirá en esas palabras pero deducimos que pr...

Todo o nada

Nadie cree que el proceso de paz que adelanta el Gobierno con las FARC sea un diálogo de amor y paz. Ni la euforia de la extrema izquierda reivindicándose un triunfo inexistente al lograr que esta agrupación armada reciba un reconocimiento político, que es coyuntural y de cierta forma artificial , ni el escepticismo y oposición radical de la extrema derecha a este proceso logran definir con precisión lo que ocurre con esta etapa de diálogo. No se trata de un acto de perdón ni de arrepentimiento: ni el Gobierno está dando concesiones trascendentales que permitan pensar en un manto de impunidad ni las FARC están viniendo de rodillas a pedir perdón al pueblo, al cual aún creen representar. Este proceso se diferencia de otros, en primer lugar, por ser el resultado de una estrategia estatal de largo plazo. En 2002 cambió el ajedrez militar en Colombia con una ventaja evidente hacia el Estado. Se duplicó el pie de fuerza, se incorporó una política ofensiva basada en la ocupación del esp...

Pax colombiana

Cuenta la historia que los romanos impusieron a los pueblos ocupados por sus ejércitos un periodo de paz que durante cuatro siglos devolvió relativa estabilidad al Imperio. No obstante, las intrigas y disputas internas entre los aspirantes al trono hizo trizas este periodo y precipitó a los territorios a una sucesión de cruentas guerras civiles. En general, la paz establecida por medio de las armas, decía el filósofo francés Proudhon, no es otra cosa que una tregua. Durante la primera década de este siglo, se vivió una suerte de pax colombiana  que muchos lamentan que se terminó. Entre 2002 y 2010, el Estado recuperó terreno frente a unas guerrillas extremistas de izquierda que durante los años 1990 lograron poner contra el borde del abismo a unas instituciones colombianas vetustas y corruptas. La acción legítima del Gobierno permitió que las fuerzas armadas ocuparan los espacios que durante años los rebeldes extremistas habían aprovechado: por primera vez en muchos años, el Estad...

País de Hampones

Los juicios que sobre la ética pública se hacen en la calle tienden a ser los más temerarios pero, a menudo pienso, son los más acertados. Que Colombia es un país de hampones es una de las perlas más lapidarias que he oído pero, a la luz de muchos hechos, no dudo que si este no es un país de hampones, por lo menos parece tener más ladrones que el promedio. Entre 182 países, Colombia ocupa el puesto 80, a 102 escalones de Somalia, considerado el país más corrupto por parte de Transparencia Internacional , pero bastante atrás de los primeros lugares. De un puntaje posible de 1 a 10, Nueva Zelanda obtiene el 9.5 mientras Colombia obtiene un 3.4 y Somalia un 1. Si en el escalafón en términos relativos no estamos atrás, en puntuación obtenida estamos muy debajo de obtener una calificación tranquilizadora. Más aún, al ver el listado de los 20 países que encabezan la lista hice un ejercicio sencillo: tomar de forma aleatoria 5 países como muestra y contrastarlos con su nivel de renta y calid...

El segundo tiempo

La opinión pública le pasa la cuenta de cobro a Santos y su gobierno. La evaluación es implacable y denota inflexibilidad en las preferencias de muchos colombianos. Eso me recuerda una historia corta sobre las predisposiciones psicológicas de los individuos: una persona tiene que elegir dos caminos para llegar a su casa sin más información que lo que ve. Uno largo, iluminado y otro más corto, con una iluminación más precaria y donde unas lonas verdes demarcan la realización de una construcción pública. El individuo no tiene más criterios para seleccionar el camino que tomará diferente a lo que percibe o lo que ve. Es casi previsible que elija el camino más iluminado, ¿a qué voy?, a que así como el individuo no tiene la información necesaria que le permita tener un criterio completo de selección de alternativas, es muy probable que la opinión pública en general no tenga la información necesaria para evaluar una gestión de Gobierno. Miremos un caso aplicado: si estalla un carrobomba...

Más que un Tucano

Si las FARC y Álvaro Uribe Vélez fueran aliados, no les habría salido tan bien ese propósito no declarado de lograr que la anterior semana fuera la confirmación de un annus horribilis para el Gobierno de Juan Manuel Santos. Basta revisar el curso de los sucesos y confirmar el correlato entre lo que hacían las FARC en el norte del Cauca y la extrema derecha en el Club El Nogal de Bogotá: ambos, desde sus orillas, atacaron sin clemencia al hoy presidente, propinándole golpes desestabilizadores. Bien acertado, Hector Abad dijo que la caída del Super Tucano en Jambaló era un éxito de Uribe. A esto se le suma la actitud soberbia de los indígenas nasas, a lo que muchos románticos de la resistencia civil no dudaron en alabar, gesto que nos recordó a un senador de izquierda que llegó a afirmar que no estaba ni con un bando ni con el otro: sí, el mensaje que se dejó en el ya difícil ambiente es que para estas comunidades el conflicto es entre las FARC y el Ejército, que ellos en cuanto a eso n...